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Desigualdad y tributación en el Brasil del siglo XXI

Marciano Buffon Universidad de Vale do Rio dos Sinos Libertad Guzmán Villeda Universidad Rafael Landívar

Resumen El fenómeno de la desigualdad social acentuada y aún presente en América Latina tuvo causas históricas comunes entre los países. Entre ellas, se puede identificar la esclavitud que perduró por largo período, la división de la tierra, y la manera como la población indígena fue tratada en los siglos precedentes. En la actualidad, Brasil —y la propia América Latina como un todo— ocupa un espacio territorial en el cual la desigualdad de renta es una llaga visible y resistente a las acciones con las cuales ha tratado de enfrentarse. Aunque no sea la causa principal, es innegable que el modo de tributar aún vigente constituye un factor indiscutiblemente importante en la manutención de los niveles de desigualdad, de manera que acaba por minimizar los efectos del gasto público redistributivo que, en años más recientes, viene siendo implementado. Se tributa fuertemente el consumo y se preserva la renta proveniente del capital y la propiedad. Con tales elecciones, el sistema tributario se torna regresivo y se convierte en un instrumento de concentración de renta. Es preciso romper este ciclo histórico, en el sentido de readecuar el modo de tributar brasileño —lo cual también vale para la mayoría de los demás países latinoamericanos—, de manera que se tribute sobre las manifestaciones de riqueza que efectivamente puedan ser merecedoras de esa etiqueta. Por consiguiente, sería necesario adoptar políticas tributarias encaminadas a la preservación del mínimo existencial, tributación progresiva y universal de la renta y la propiedad, con una consecuente reducción de la tributación sobre el consumo. Clasificación JEL: F38, H22, H24, H27, J30 Palabras clave: inequidad, tributación, Brasil, política, gasto Abstract The phenomenon of accentuated social inequality and still present in Latin America, had common historical roots between countries. Among them, can be identified the slavery that lasted for a long period, the division of the land and the way in which the indigenous population was treated in the previous centuries. Today Brazil —and Latin America itself as a whole— occupy a territorial space in which income inequality is a visible and resistant sore to actions of fight. Although is not the main cause, it is undeniable that the way to tax still in effect corresponds to an indisputably important in maintaining levels of inequality, so just minimize the effects of redistributive public spending that in recent years, it has been implemented. Is heavily taxed consumption and income from capital and property is preserved. With these elections, taxation becomes regressive and becomes an instrument of income concentration. We must break this historical cycle in the sense of how to readjust the Brazilian tax way —and that goes for most other Latin American countries— in the sense of perform manifestations of wealth that can effectively be deserving of that label. Therefore it would be necessary to adopt tax policies tacking to the preservation of the existential minimum and universal progressive taxation of income and property, with concomitant reduction of taxation on consumption. JEL classification: F38, H22, H24, H27, J30 Keywords: inequality, tax, Brazil, policy, expenditure 1. Consideraciones iniciales Existe un tema que viene ocupando un espacio de creciente centralidad en los debates que permean esta segunda década del siglo XXI, hay que reconocer que ese tema, ineludiblemente, es la cuestión de la desigualdad. En especial, esa discusión ganó fuerza a partir de la Gran Crisis de 2008 y sus desarrollos, aún no definidos. Es cierto que, a nivel mundial, la ampliación de las desigualdades viene ocurriendo, en mayor o menor medida, a partir de la década de 1980. Por un lado, se tiene una crisis paradigmática que va destruyendo de manera paulatina los fundamentos que restaban del viejo Estado de bienestar social europeo, sin que se consiga, mínimamente, prevenir el tamaño de las consecuencias en el corto y medio plazos. Por otro lado, se constata la emergencia de nuevos actores políticos y económicos en el plano internacional, que confieren otro andamiaje al capitalismo. La profundización de la crisis que se inició en 2008 en los Estados Unidos contaminó de tal manera las economías más vulnerables del Viejo Mundo que difícilmente se consigue hoy trazar un escenario para la poscrisis, simplemente porque no es posible decir si se está apenas ante una sucesión de eventos que causaron una perturbación temporaria, o si hubo una ruptura definitiva con un paradigma que, hasta entonces, se consideraba como una verdad inconsistente (neoliberalismo). Lo que está en crisis, en la actualidad, es el concepto que se presentó como la fórmula capaz de asegurar a todos el progreso y la riqueza —en Brasil materializado, entre otros, por el cliché «deja el pastel crecer para después dividir»—. No es preciso realizar un esfuerzo investigativo de aliento para percibir que la implementación de dogmas como el de la total desregulación del mercado financiero ocupa un espacio de crucial importancia en los eventos que han ocurrido desde 2008, y que han colaborado para acentuar los niveles de desigualdad existentes entre países y dentro de ellos. En vista de ello, sería razonable imaginar que las recetas para superar este momento estuviesen desconectadas de ese modus pensandi. Sin embargo, se percibe que, hasta este momento, no solo existe una defensa intransigente de la referida concepción teórica, sino también hay un conjunto de acciones direccionadas a la preservación de los intereses justamente de aquellos que más se han beneficiado a lo largo de los «años de oro» de esta concepción. El recetario es impuesto de una forma autoritaria, y se reitera la necesidad de hacer «más de lo mismo» (¡que fue equivocado!), con base en la promesa de que, de esa manera, la crisis quedará superada. En el caso específico de Brasil, en un sentido contrario, se constata que hubo un influjo en la desigualdad social desde principios del siglo XXI, proceso relacionado con la mejora en las condiciones de vida de las clases «c» y «d», especialmente debido a políticas públicas direccionadas a ellas (programa de renta mínima, elevación del salario mínimo encima de la inflación, etc.), como reconocen estudiosos de diferentes matices ideológicos. Sin embargo, aunque pueda celebrarse internamente la reducción de la desigualdad social, ha de reconocerse que, difícilmente, estos avances proseguirán en los próximos años, una vez que los efectos de las políticas públicas responsables de ellos sean limitados en el tiempo. Ante ello, la interrogante que se impone es: ¿De qué forma significativa la desigualdad todavía existente en Brasil puede ser reducida a niveles aceptables? Sin riesgos de radicalismo, puede decirse que es momento de que la tributación dé su parte de contribución en este proceso. Después de veinticinco años de promulgación de la Constitución Ciudadana, no es aceptable que el modelo de tributación continúe siendo, al contrario de lo que se defiende (artículo 3, inciso III), un verdadero instrumento de redistribución de renta a la inversa. Cuando se habla de tributación hay que tener presente, invariablemente, que a lo largo de la historia se reafirmó su tendencia a ser un instrumento de reducción de las desigualdades sociales y económicas dentro de un modelo de producción capitalista. Sin embargo, con el advenimiento de lo que se denominó neoliberalismo, tal característica quedó minimizada y hasta fue entendida como económicamente disfuncional. Ocurre que, especialmente ante la crisis descrita, las inconsistentes verdades que han prevalecido durante los últimos treinta años, si no se han derrumbado, han encontrado importantes argumentos en sentido contrario. Eso puede ser constatado en recientes estudios publicados. Entre ellos, cabe destacar los siguientes: a) El capital en el siglo XXI, obra maestra del economista francés Thomas Piketty; b) el Precio de la desigualdad, del premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz; c) así como estudios más específicos acerca de América Latina, desarrollados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), mediante su Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, 2012) (Cambios estructurales para la igualdad), y por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 2013) (Recaudar no basta: La tributación como instrumento del desarrollo). Tomando en consideración tales estudios y adaptándolos a la realidad brasileña, es posible examinar el tamaño del foso de la desigualdad en el escenario nacional, las razones por las cuales el modelo de tributación ahora adoptado se muestra incompatible con el formato constitucional respectivo, y cuáles serían las sugerencias viables y potencialmente útiles para que la tributación pueda, al fin, recuperar su histórica función de elemento imprescindible para la minimización de las desigualdades. 2. La desigualdad brasileña: Causas históricas y escenario actual Cuando se habla de la historia, siempre existe el riesgo de que el análisis sea un tanto reduccionista, pues el peligro de la historia es que ella parece fácil, mas no lo es. De cualquier manera, estando conscientes de ello y sin aturdirse con la condición de historiador, se pretende, en este momento inicial, examinar los problemas con los cuales Brasil viene conviviendo a lo largo de su existencia. En esta perspectiva, la desigualdad social ocupa un espacio de notoria importancia, además de ubicarse en el punto de partida de otras situaciones sociales y económicas indeseadas. Es cierto que América Latina, como un todo, se encuentra entre las regiones más pobres del mundo y que la pobreza extrema —que padece parte significativa de la población— representa un problema crónico y responsable de muchos otros males. Sin embargo, por más incomprensible que a muchos pueda parecer, la pobreza extrema es un problema posible de solucionar, sin que ello demande esfuerzos faraónicos. La pobreza extrema es algo que puede ser superado en corto o mediano plazo: basta con la implementación de políticas públicas que sean capaces de asegurar estándares mínimos de vida a los «desheredados de expectativas».1 En este sentido, los programas de sueldo mínimo, que en mayor o menor grado han sido implementados por varios países de la región, corresponden a acciones estatales direccionadas a este fin, las cuales se consideran potencialmente eficaces en el combate a la pobreza extrema. La desigualdad social, por su parte, es un problema mucho más complejo y poco susceptible de ser resuelto solo mediante la aplicación de recursos públicos, como sí ocurre con la pobreza extrema. Esto sucede porque las políticas públicas que pretenden combatir la pobreza a veces implican ganancias económicas, inclusive para aquellos que no se ven directamente beneficiados por ellas, generando un sentimiento colectivo de ganancia para todos. Además, vale resaltar que los programas de esa naturaleza (sueldo mínimo, por ejemplo) no constituyen creación de Estado social y forman parte, inclusive, del recetario neoliberal clásico. De manera diferente, las políticas públicas que combaten la desigualdad generan una situación de incomodidad por parte de aquellos que, o pierden el estatus social que les era histórico y exclusivamente garantizado, o se sienten incomodados por el hecho de que haya mayor movilidad social de las clases inferiores, reduciéndose la distancia antes existente. En este sentido, no basta combatir la pobreza extrema, pues la cuestión de la desigualdad es tanto o más importante.2 La desigualdad existente en Brasil y en la mayoría del continente latinoamericano3 posee causas históricas que se remontan al período en que la esclavitud era parte de la realidad de las colonias europeas. El verdadero «holocausto negro», que duró más de tres siglos, corresponde a una de sus raíces históricas más determinantes. No bastó la abolición legal de la esclavitud para que los hombres libres, negros, fuesen reconocidos como iguales y pudieran anhelar lo mismo que los hombres blancos. Después de ser declarados formalmente libres, ellos pasaron a formar un grupo marginado de personas, dando origen, más tarde, a grandes conglomerados urbanos desprovistos de las mínimas condiciones de vivienda. Además del «holocausto negro», América Latina patrocinó el «holocausto» de la población indígena mediante la simple eliminación física o las acciones políticas y económicas que la marginalizaron y, concomitantemente, impidieron que fuera mantenido —en regla— su modo de vida distinto. Aquellos que buscaran o fueran forzados a integrarse en la vida económica y social del resto de la población permanecieron en situación de extrema fragilidad social. Esta realidad es común a casi todos los países de la región. En este proceso de construcción de una sociedad desigual, la división de la tierra también ocupó un espacio notorio: los grandes latifundios que surgieron —y que, en muchos casos, continúan existiendo— fueron un factor determinante de concentración de renta en una ínfima porción de la población, mediante la exploración, en un primer momento, del trabajo esclavo y, en un segundo momento —y hasta el presente—, de trabajadores que laboran en condiciones análogas a la esclavitud. Obviamente, en condiciones de esta naturaleza, la renta obtenida apenas permite la propia sobrevivencia (así como cuando el combustible permite solo que una máquina funcione). En los grandes centros urbanos, este proceso se potencializó mediante la ocupación de áreas periféricas, con alta densidad poblacional, sin los requisitos mínimos de vivienda y saneamiento. Se trata de un escenario perfecto para la proliferación de la violencia y multiplicación de las actividades ilícitas, principalmente el tráfico de drogas. En locales con tales características, quedan encubiertas las legítimas expectativas de una existencia digna, de una buena vida. Paralelamente a este escenario, existen verdaderos oasis de riqueza explícita. La porción de población que ocupa la cima de la pirámide económica vive y consume artículos de lujo, cuyo valor principal reside justamente en su precio; es decir, el bien no vale por la utilidad que pueda tener, mas sí por su propio costo, pues este es publicitado, de manera que permite la ostentación ante los demás.4 Los de la cúspide se tornan, así, en envidiados y odiados, creándose el contexto perfecto para una sociedad conflictiva, desigual y, por consiguiente, distanciada de la deseable cohesión. Con la descripción de este escenario, se vuelve posible comprender el hecho de que Brasil integre la lista de las diez economías más ricas del mundo y esté, a la vez, ubicado en la lista de las quince economías con las peores distribuciones de renta, equiparándose a países de la región del continente africano al sur del desierto del Sahara que fue descrita, en un informe desarrollado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), como una de las regiones más miserables del mundo.5 Esta contradicción puede ser fácilmente constatada en la siguiente tabla: Mayores economías del mundo Peores distribuidores de renta 1. Estados Unidos de América 1. Seychelles 2. China 2. Comoras 3. India 3. Namibia 4. Japón 4. Sudáfrica 5. Alemania 5. Micronesia 6. Rusia 6. Haití 7. Brasil 7. Zambia 8. Francia 8. Honduras 9. Reino Unido 9. Bolivia 10. Indonesia 10. República Centroafricana 11. Colombia 12. Guatemala 13. Brasil 14. Belice 15. Surinam Fuente: Banco Mundial Fuente: PNUD Según datos publicados por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE, 2014), en Brasil, en 2012, el 10% con mayores rendimientos retenía el 41.9% de la renta total, mientras que el 40% con menores rendimientos se apropiaba del 13.3% de la renta total. Esto colabora para que el Gini brasileño ocupe una posición vejatoria, comparativamente hablando, con respecto a las mayores economías del mundo. El coeficiente de Gini, desarrollado por el matemático italiano Corrado Gini, es un parámetro internacional usado para medir la desigualdad de distribución de renta entre los países. El coeficiente varía entre 0 y 1. Cuanto más próximo al 0 menor es la desigualdad de renta en un país, o sea, mejor la distribución de renta. Cuanto más próximo al 1, mayor la concentración de renta. En la siguiente gráfica se ve la evolución del índice de Gini en Brasil, a partir de la Búsqueda Nacional por Muestra de Domicilio (BNMD) realizada por el IBGE: Fuente: IBGE, a partir de la Búsqueda Nacional por Muestra de Domicilio (BNMD), varios años Se observa que, a pesar de que está lejos de resolverse, el problema de la desigualdad viene retrocediendo en Brasil. Mientras que en 2002 el coeficiente era de 59.4, en 2012 estaba en 52.6, lo que demuestra una mejora en la distribución de la renta. Pero pese a que en la última década se ha constatado este cuadro de mejora en el proceso de distribución de renta y reducción de las desigualdades, se puede fácilmente percibir que eso no ha sido suficiente para retirar al país de la incómoda y paradojal posición de gran potencia económica muy desigual. Por lo demás, ya en 2013 se percibía un estancamiento de este proceso de mejora. Como se ve, para fines de este trabajo, el abordaje de la desigualdad se realiza restrictivamente con relación a la renta, dejando de examinar los otros enfoques vinculados con la temática (desigualdad del patrimonio, de género, social, etc.). Esto no significa que otras manifestaciones de la desigualdad sean menos relevantes que aquella relacionada con la renta. Se trata, solamente, de un recorte con miras a viabilizar el trabajo dentro de ciertos límites espaciales. No obstante las causas históricas antes mencionadas, hay que examinar las causas que actualmente colaboran con la manutención del statu quo de la desigualdad, o que impiden que los índices representativos sean, de hecho, minimizados —o, cuando el proceso sea lento—. Existe una serie de causas, como se examinó antes rápidamente; por ello, se opta por examinar solo uno de los aspectos reconocidamente relevantes: la carga fiscal. Esa opción se justifica en la medida en que se puede constatar que la reducción de la desigualdad ocurrida en territorio nacional se dio «a pesar de la tributación»: pocos cambios ocurrieron con el fin de utilizar su potencial de redistribución de renta, en particular por la vía de los ingresos. 3. Las «manifestaciones de riqueza» alcanzadas por la tributación en Brasil Una de las cuestiones más importantes a examinar en una carga fiscal se resume en la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Quién paga la cuenta? Aunque parezca simple de referir, la justicia fiscal solamente será alcanzada cuando aquellos que estén obligados a contribuir tengan efectivamente capacidad para hacerlo, y cuando los detentores de mayor capacidad económica contribuyan de acuerdo con esta capacidad. En eso, pues, reside la justicia o injusticia en el campo fiscal. Tradicionalmente, las tres manifestaciones de capacidad económica aptas para expresar la posibilidad de contribuir a la manutención de la colectividad residen en la renta, la propiedad y el consumo; o sea, los ciudadanos cumplen con el deber de pagar tributos teniendo en consideración la renta obtenida, el patrimonio existente, o el consumo de determinados bienes y servicios. Es cierto que hay otras bases, pero estas cumplen mucho más que un papel de instrumento de intervención del Estado, como ocurre con los tributos aduaneros. En países que alcanzaron mejores índices de desarrollo económico y social —los países nórdicos, principalmente—, la renta representa el principal factor de elección de aquellos que soportan la carga fiscal. No es por casualidad que, en estos casos, el impuesto a la renta, con un sistema progresivo, corresponde a uno de los principales medios de obtención de recursos para el Estado. La existencia de patrimonio también denota una clara y manifiesta capacidad de contribuir con la colectividad. Aunque sea fruto de la renta acumulada —y, por consiguiente, objeto de tributación anterior—, ser propietario de bienes y derechos representa económicamente una manifestación de riqueza. La exención fiscal que toma en consideración como base de cálculo del tributo el valor de los respectivos bienes se trata, en teoría, de una imposición fiscal justa6 porque puede comprender bienes que hayan sido adquiridos con rentas ilícitamente encubiertas. La gran tercera manifestación de capacidad productiva es el consumo. Los bienes y servicios consumidos por la población representan —también en teoría— una demostración de riqueza, especialmente si se trata de bienes y servicios de lujo. Es innegable, entonces, que la tributación sobre el consumo debe prever mecanismos que eviten la tributación de bienes de primera necesidad, en su defecto, ser regresivos7 y degradar el llamado «mínimo existencial». El mínimo existencial puede ser definido como el valor necesario para que una familia promedio pueda proveer su propio sustento mediante la atención de necesidades básicas, tales como alimentación, vivienda, vestuario, transporte, recreación, entre otros. Una forma de recaudar que esté comprometida con el principio de dignidad humana apenas permite que la incidencia fiscal alcance la porción de renta que no comprometa una existencia mínimamente digna, razón por la cual la exigencia de tributos indirectos sobre el consumo de bienes relacionados con estas necesidades ofende claramente el principio referido. También es cierto que la tributación del mínimo existencial no dice nada al respecto de la prohibición de la incidencia de tributos indirectos sobre bienes y servicios de primera necesidad. Además de ello, esta se aplica en relación con los impuestos incidentes sobre la renta y el patrimonio, motivo por el cual un sistema tributario que quiera estar subordinado al principio de la dignidad humana tendrá que establecer límites satisfactorios de exención fiscal en relación con la renta y el propio patrimonio. A partir de los presupuestos descritos, se tendrá que examinar cómo se presenta la tributación en Brasil, en el sentido de verificar si los principios mencionados están siendo observados. 4. La composición de la carga tributaria en Brasil Históricamente, la tributación correspondió a un medio de reducción de las desigualdades sociales, en especial después del advenimiento del denominado Estado de bienestar social, el cual tuvo/tiene como misión asegurar niveles mínimos de existencia, pues su génesis se encuentra comprometida con el principio de la dignidad humana y con la solidaridad social. Lo que cabe analizar aquí es si, en Brasil, esta función esencial de la tributación viene siendo ejercida en la plenitud de sus posibilidades o si, al contrario, además de no reducir las desigualdades, ejerce un papel paradojal de instrumento de redistribución de renta al revés. Hay que examinar si, por consiguiente, el modo de tributar corresponde a un medio de distribución o de concentración de la renta. No se ignora, con todo, que la desigualdad de renta puede ser combatida mediante la adopción de políticas públicas tendencialmente útiles a ese fin, como inversiones estatales en educación, salud, saneamiento, entre otros. Además, se reconoce que el gasto público redistributivo constituye el camino más rápido para la reducción del escenario de inequidades presente en América Latina. Como se ha dicho, ese camino se ha venido recorriendo con relativo éxito por buena parte de los países latinoamericanos (Brasil, en especial). No obstante, lo que este trabajo pretende explorar es el aspecto de la carga fiscal propiamente dicha, que, aunque no sea la causa principal, corresponde a un inequívoco instrumento de manutención del statu quo de la desigualdad en la parte latina del continente americano. Cuando se habla de carga tributaria, hay que tener presente que se trata de un índice obtenido mediante la comparación entre la totalidad de la riqueza producida en un país (producto interno bruto, PIB) y el valor recaudado por concepto de tributos.8 En el caso de Brasil, se percibe un incremento en la carga tributaria a partir de la estabilización de la moneda en 1994, hasta los primeros años de este siglo; después de eso, hubo relativa estabilización. Esta subió de 27.26%, en el año 1995, a 35.80%, en 2008. Con la crisis económica llegó a bajar, en 2009, hasta 33.08%, pero luego subió, en 2012, a 35.85% del PIB, y totalizó 35.95%, en 2013.9 A pesar de haber un consenso social con respecto a que la carga tributaria brasileña es elevada, hay países en que la carga es significativamente mayor que en Brasil, principalmente los miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Ello se consigna en la siguiente tabla, elaborada con datos del año 2012 (últimos datos disponibles, excepto para el caso de Brasil): País Carga tributaria (en porcentajes) Dinamarca 48.0 Francia 45.3 Italia 44.4 Suecia 44.3 Finlandia 44.1 Austria 43.2 Noruega 42.2 Hungría 38.9 Luxemburgo 37.8 Alemania 37.6 Eslovenia 37.4 Islandia 37.2 Brasil 35.9 República Checa 35.5 Reino Unido 35.2 Grecia 33.8 España 32.9 Portugal 32.5 Israel 31.6 Canadá 30.7 Irlanda 28.3 Suiza 28.2 Turquía 27.7 Corea del Sur 26.8 Estados Unidos 24.3 Chile 20.8 Fuente: OCDE, Secretaria da Receita Federal Es indiscutible que, en su mayoría, los países con carga fiscal mayor que la brasileña —con los de la OCDE, arriba mencionados— tienen mayor índice de desarrollo y disponen de mejores servicios públicos para la población. Sin embargo, las comparaciones entre países suelen hacerse solamente a partir de la relación PIB x recaudación, ignorando la cantidad de personas involucradas en ese proceso. Por ejemplo, según datos del Banco Mundial (BM), en 2013, la recaudación de Dinamarca representó aproximadamente el 48% con relación a su PIB (USD335.9 millardo), en tanto que Brasil recaudó aproximadamente un 35.9% con relación al PIB (USD2.246 billones).10 Al tomar en consideración la población de estos países para 2014, se verifica que Dinamarca recauda (aritméticamente) cerca de USD28,643 por habitante (= USD161.232 millones / 5,629 millones de habitantes), al paso que Brasil recauda cerca de USD3,991 por habitante (= USD806.314 millones / 202.0 millones de habitantes). Para que Brasil recaude por persona lo mismo que Dinamarca (USD28.643 mil/hab.), sería preciso que la recaudación nominal fuese en torno a los USD5,785 billones, o sea, 157.57% más que el total de riquezas producidas en Brasil actualmente (PIB). En ese contexto, comparaciones simples, a la medida de los discursos del tipo «allá se recauda 48% más y hay servicios públicos de calidad», desconsideran factores importantes como este, la dimensión poblacional, que jamás puede ser ignorada en la evaluación de la tributación frente a la implementación de políticas públicas.11 Por otro lado, como Brasil se encuentra en una lista de países en desarrollo y no hubo una efectiva implementación del Estado social, se considera de mayor importancia el análisis sobre cómo están siendo cobrados los tributos, porque peor que tener una carga tributaria elevada (que se quiera estimar) es tener una carga irracional e injusta. Así, se torna necesario averiguar de qué sector proviene la mayor parte de la recetas derivadas del Estado, quién contribuye más a ese porcentual de recaudación con relación al PIB, y sobre qué bases tributarias está incidiendo esa tributación. Según datos de la institución de recaudación de impuestos (Secretaria da Receita Federal) apuntados en el estudio Carga tributaria 2013, más del 50% del total recaudado incidió en bienes y servicios, o sea, sobre el consumo; un porcentual significativo, sobre la hoja de salarios; un porcentual poco relevante (ante las posibilidades de graduación según la capacidad contributiva), sobre la renta; una pequeña parte sobre la propiedad, y otra irrisoria sobre las operaciones financieras; y el resto, sobre otros tributos de la Unión, estados, Distrito Federal y municipios, conforme se verifica en la siguiente tabla: Composición de la carga tributaria (2013) Tipo de base BRL millones Porcentaje del PIB Porcentaje de participación Total de la receta tributaria 1,741,658.31 35.95 100 Tributos sobre la renta 315,276.04 6.51 18.10 Tributos sobre la hoja de salarios 435,062.92 8.98 24.98 Tributos sobre la propiedad 68,408.47 1.41 3.93 Tributos sobre bienes y servicios 893,055.30 18.43 51.28 Tributos sobre operaciones financieras 29,162.89 0.60 1.67 Otros tributos 692.69 0.01 0.04 Fuente: Secretaria da Receita Federal Cabe resaltar que están incluidos, entre otros tributos sobre bienes y servicios, el impuesto sobre circulación de bienes y servicios; el impuesto sobre productos industrializados (PIS); Cofuns; nacional simple; el impuesto de renta de las personas jurídicas (IRPJ) y la contribución social sobre el lucro líquido (CSLL) de las empresas de lucro presumido; impuesto sobre servicios (ISS); contribución de intervención de dominio económico (CIDE); impuesto sobre la importación (II); impuesto sobre exportación (IE); y contribución organizada sobre facturación y producción agropecuaria. Estos y otros tributos son, en teoría, incluidos en los precios de los productos y trasladados al consumidor final. En los tributos sobre la hoja de salarios están contemplados los valores de la contribución organizada directamente incidente sobre la remuneración, incluyendo la contribución patronal, de los empleados y autónomos, además de los valores recogidos al FGTS (Fondo de Garantía del Tiempo de Servicio) y al sistema conocido como «S». Destaca que la contribución organizada sustitutiva, referida por la Ley No. 12.546/2011, la cuota patronal de la contribución organizada de las empresas optantes por el nacional simple, y la contribución incidente sobre la producción agropecuaria, son consideradas en la categoría de tributos sobre bienes y servicios, no en la categoría de tributos sobre la hoja de salarios. Entre los tributos sobre la propiedad se encuentran el impuesto territorial rural (ITR), el impuesto predial y territorial urbano (IPTU), y el impuesto sobre la transmisión de bienes raíces (ITBI). En los tributos sobre transacciones financieras se computan los valores de la contribución permanente sobre movimientos financieros (CPMF) y el impuesto a las operaciones financieras. Con relación a la renta, constan el impuesto de renta de las personas físicas, el IRPJ, la CSLL y demás retenciones de estos tributos. A pesar de otros regímenes tributarios en los que existe la incidencia del IRPJ y de la CSLL, aquí solamente se consideran los calculados por el régimen del lucro real, ya que los demás regímenes de cálculo de estos tributos son encuadrados en los tributos sobre bienes y servicios (lucro presumido y nacional simple). Obsérvese que, en Brasil, las categorías que representan el mayor ingreso son los tributos sobre bienes y servicios, a los que corresponde un 51.28%, y sobre la hoja de salarios, con recaudación del 24.98%. El impuesto sobre la renta, por su parte, se mantiene en un 18.10%. De esa forma, la tributación brasileña está basada en el consumo y el trabajo, rubros que corresponden al 76.26% de toda la recaudación. En países más desarrollados, los impuestos sobre la renta y el patrimonio constituían el tronco de incidencia de los tributos. En los países miembros de la OCDE, por ejemplo, los impuestos sobre el consumo representan, en promedio, un 31.90% de la tributación total; el impuesto sobre la renta, cerca de un 34.90% del total; y el tributo sobre el patrimonio gira en la media de 5.6%. Hay países en que la tributación sobre el patrimonio sobrepasa un 10%, como los casos de Canadá, Corea del Sur, Gran Bretaña y Estados Unidos de América (Sindicato Nacional de los Auditores-Fiscales de la Recaudación Federal de Brasil, 2010: 14). A partir del diagnóstico anterior, se puede constatar que, no obstante la adopción de algunas políticas públicas que alcanzan éxito en la reducción de la desigualdad social en Brasil, el modo de tributar se mantiene inalterado, lo cual contribuye a minimizar los efectos redistributivos de tales políticas. No está sustentada la posibilidad de que solo mediante la tributación se alcance una significativa reducción de las desigualdades, ya que estudios demuestran que los gastos públicos son más efectivos para fines de redistribución que de tributación (Kerstenetzky, 2012: 137). Por consiguiente, es innegable que, una vez se adecue para este efecto, la tributación tiene un innegable potencial redistributivo. Para corroborarlo basta con examinar modelos tributarios vigentes en períodos precedentes.12 Se percibe, pues, que modelos tributarios redistributivos están en el origen de sociedades más igualitarias y, por lo tanto, desarrolladas, dado que niveles elevados de desigualdad son económicamente disfuncionales, pues «sociedades demasiado desiguales no funcionan con eficiencia, y sus economías no son ni estables, ni sustentables en el largo plazo» (Stiglitz, 2013: 152). 5. Proposiciones hacia la utopía útil de la igualdad A partir del análisis precedente, se puede dirigir la presentación hacia propuestas que estén tendencialmente aptas para romper con la tradicional función antiredistributiva de la tributación en tierras brasileñas. Obviamente, en el plano político se reconoce que hay aceptabilidad de tales propuestas, tanto como enfrentamiento de poderosas posiciones antitéticas que las tornan en casi una utopía. Pero, parafraseando a Piketty, en el mínimo se muestra como una «útil utopía», pues la discusión permitirá reubicar la cuestión de la desigualdad en el centro del debate sobre la tributación, además de abrir claros en el bosque de la insensibilidad, con un argumento al gusto de quien lo conserva: es mejor para la economía vivir en una sociedad menos desigual. Las propuestas que mejor cumplen la finalidad defendida por este trabajo —específicamente enfocadas hacia la actual realidad brasileña— pueden ser enlistadas de la siguiente manera: a) preservación del mínimo existencial; b) tributación universal y progresiva de la renta y del patrimonio; c) reducción y unificación de la tributación sobre el consumo y la consecuente desburocratización. Este es el intento que se busca perseguir. 5.1 Preservación del mínimo existencial Cuando se examina la cuestión tributaria en Brasil, se constata su clara incompatibilidad con el modelo de Estado vigente desde 1988. El Estado democrático de derecho —en las felices palabras de Bonavides: el Estado productor de la igualdad— solo será reconocido como tal si todas sus acciones estuvieran dirigidas a la construcción de una sociedad libre, justa y solidaria, en la cual la reducción de las desigualdades sea un norte inescapable, como recomienda el artículo constitucional que define los objetivos fundamentales (artículo 3). No solo eso: ninguno que pretenda conocer mínimamente su texto constitucional puede olvidar la importancia del consagrado principio de la dignidad de la persona humana, el cual es entendido como un elemento común de todos los derechos fundamentales. Aunque sea un tanto difícil definir lo que es «dignidad de la persona humana», es razonablemente fácil identificar cuándo tal principio constitucional está siendo menoscabado. La cosificación del ser humano representa el ejemplo más recordado de esto. En materia tributaria, no hay incluso la necesidad de un esfuerzo investigativo para percibir cuánto de este principio es diariamente violado. Esto ocurre de una manera imperceptible e indolora, mas los efectos de la dignidad son crueles y devastadores pues, ¿cómo es posible imaginar que alguien pueda ser tratado «igual en dignidad» si una porción significativa de sus recursos, que serían utilizados para la propia sobrevivencia, es arrastrada al mantenimiento del Estado? Si el principio de capacidad contributiva constituye el norte que ilumina el sistema tributario y su adecuada comprensión implica el derecho/deber de contribuir conforme a la efectiva posibilidad, nada parece más lógico, obvio y natural que no admitir la exigencia de tributos en los casos en que la capacidad contributiva no existe, preservándose así el mínimo existencial. En vista de esto, es inadmisible la exigencia del impuesto sobre la renta o contribución sobre salarios cuyos valores sean insuficientes para hacer frente a las necesidades básicas, aquellas que la propia Constitución determinó deberían ser satisfechas con el salario mínimo (artículo 7, inciso IV). Tampoco se admite la exigencia de tributos que incidan en el patrimonio de valores irrisorios (inmuebles urbanos o rurales, vehículos, transmisión de propiedad vía compra y venta, donación o causa mortis), pues la titularidad de patrimonio de valor insignificante denota, en teoría, la inexistencia de capacidad contributiva. No se admite la exigencia de tributos vinculados (tasas y contribuciones de mejoría, principalmente) de aquellos ciudadanos cuya renta mensual sea insuficiente para procurar la propia sobrevivencia, aunque se reconozca que esas especies tributarias sean menos parecidas al principio de la capacidad contributiva. Por último, aquellos tributos sobre el consumo tendrán incidencia opuesta en productos y mercaderías que sean considerados como de necesidad básica, notoriamente, géneros alimenticios y vestuario básico. No obstante, ocurre que en el Estado democrático de derecho brasileño existen innumerables situaciones en las que la falta de respeto al mínimo existencial se manifiesta claramente. Entre tantas, pueden recordarse las siguientes: a) Contribución sobre salario mínimo descontada directamente por la fuente pagadora; b) Límite reducido de exención de impuesto de la renta de las personas físicas (BRL 1,787.40, en 2014); c) Inexistencia, en muchos casos de estados y municipios, del límite de exención para incidencia de tributos sobre el patrimonio (IPTU, ITCD, IPVA, ITBI). Mas es en el campo de la tributación sobre el consumo, cuando se afronta el mínimo existencial, cuando esta situación de violación de la dignidad humana se muestra más evidente (aunque para quien soporta sus efectos esto sea paradójicamente imperceptible). Familias con rentas de hasta dos salarios mínimos consumen más de la mitad de su renta soportando los efectos de la incidencia fiscal sobre las mercaderías adquiridas, muchas veces consumiendo artículos de primera necesidad destinados a la propia sobrevivencia.13 En vista de esto, es posible sustentar que el modo de tributar brasileño hace tabula rasa de los principios más elementales de la tributación para cualquier Estado que quiera merecer el calificativo de «democrático de derecho», principios entre los cuales están la dignidad humana y la capacidad contributiva. Al obviar esto, la tributación se convierte en un verdadero instrumento de redistribución de renta al revés, de manera que hasta consigue frenar esfuerzos redistributivos realizados por medio de políticas públicas incluyentes. Cuando se examina esto se cree que una «reforma tributaria» enfocada en la preservación del mínimo existencial implicaría una poderosa convergencia de voluntad política dispuesta a la aprobación de cambios o enmiendas constitucionales. Craso engaño. Para lograrlo bastaría simplemente la aprobación de leyes ordinarias, con mayoría simple del Congreso Nacional, o una ley complementaria estableciendo normas válidas para todos los entes de la Federación. 5.2 Tributación universal y progresiva de la renta y el patrimonio Una de las más tradicionales e incuestionables manifestaciones de capacidad contributiva se refiere a la obtención de renta y a la existencia de patrimonio. Conforme se ha referido, países que obtuvieron éxito en la tarea de cobrar impuestos progresivos sobre la renta y propiedad construían sociedades más igualitarias y económicamente más eficientes. Esto se ha constatado especialmente en las democracias sociales escandinavas y en los Estados sociales europeos de la posguerra. También cabe recordar, siguiendo a Piketty (2013), que esta manera de tributar estaba presente en los años de menor desigualdad en los Estados Unidos (1914-1980). Ocurre que, en Hispanoamérica y en Brasil, eso no sucedió. Un estudio de la Cepal (2014: 41) apunta una serie de factores por los cuales la fiscalidad en América Latina no ha cumplido adecuadamente con su papel de inductor redistributivo, destacando, entre ellos, el hecho de que los países de la región enfrenten dificultades para recaudar impuestos directos (potencialmente progresivos), tales como los impuestos sobre la renta personal y la propiedad, optando por la cobranza de tributos sobre el consumo (tendencialmente regresivos). El referido diagnóstico también es compartido por un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 2012), en el cual se destaca que los principales problemas relativos a la tributación en América Latina son: a) recaudación muy baja; b) impuestos mínimamente progresivos; c) evasión fiscal generalizada; d) y excesiva debilidad de las administraciones tributarias. La cuestión de la progresividad del impuesto sobre la renta ocupa un espacio central en los estudios recientemente publicados por Piketty y Stiglitz, ya mencionados. El primero afirma que es necesario repensar el impuesto progresivo sobre el rendimiento como un instrumento para la reducción de la creciente desigualdad social mediante una elevación de las alícuotas marginales,14 en un movimiento en sentido diametralmente opuesto al que viene ocurriendo desde los años 1980 (Piketty, 2014: 745-793). A la vez, Stiglitz se ha referido a la realidad americana, sustentando que «[…] un sistema tributario más progresivo puede contribuir un poco a restaurar la confianza en la justicia de nuestro sistema, lo que podría tener enormes beneficios sociales, incluyendo a nuestra economía» (2013: 186). De una forma más amplia, el estudio del BID (2012) sustenta que la tributación de las personas físicas en América Latina corresponde a una verdadera «caja vacía», pues se da de forma aparente: en esencia, se vacía por una excesiva generosidad de los beneficios fiscales existentes, los cuales corresponden a casi el 50% de la recaudación efectiva debido al tratamiento privilegiado que recibe la renta proveniente del capital, así como por la evasión fiscal. Lo que incita a la baja progresividad del impuesto sobre la renta, según este estudio, es que, aunque un 90% de la recaudación esté concentrado en los 10% más ricos, estos están sometidos a alícuotas efectivas muy reducidas (menos del 4%), motivo por el cual se recauda muy poco, no habiendo «[…] capacidad de mejorar directamente la distribución de renta o financiar gastos públicos que podrían ser redistributivos» (BID, 2012: 7). En cuanto a Brasil, la ausencia de una efectiva progresividad en el impuesto a la renta contrasta, inclusive, con la norma constitucional que lo determina. Existe una cantidad reducida de alícuotas y una alícuota máxima que podrían ser revisadas para el alza. Además de ello, la porción mensual de la renta de las personas físicas exenta de impuestos es insuficiente, en la medida en que se sitúa debajo del mínimo necesario para la sobrevivencia de una familia, conforme se ha mencionado. Con relación a la renta proveniente del capital, la legislación brasileña plantea un tratamiento privilegiado, como ocurre con la retención de impuestos —con alícuotas menores que las máximas— de la renta obtenida en las más variadas especies de aplicaciones financieras. Además, hay exención con relación a los valores recibidos a título de distribución de lucros de las personas jurídicas, las cuales están sometidas a la alícuota menor del impuesto (15%), pues se permite su total deducibilidad como dispendio en el cálculo del lucro de la empresa. Otra notoria manifestación de la capacidad económica se refiere a la titularidad de un determinado patrimonio, sea material o inmaterial. En razón de ello, en la escala de los hechos generadores tributarios, el patrimonio viene luego después de la renta. Esto se da mediante la incidencia de impuestos sobre la propiedad (ITR, IPTU, IPVA, en el caso de Brasil), o sobre su transmisión (ITBI e ITCD). También, sobre la titularidad de derechos y acciones, los cuales no son alcanzados por la incidencia directa en Brasil (se tributa apenas la renta obtenida). De conformidad con lo mencionado, los impuestos sobre el patrimonio representan menos del 4% de la suma de la recaudación brasileña. Es evidente la inequidad debida a la casi nula recaudación del impuesto sobre la propiedad rural, en un país tan extenso en el que los agronegocios representan una valiosa fuente de riquezas privadas.15 El propio IPTU, de competencia municipal, es invariablemente exigido con alícuotas fijas. Solo recientemente el Supremo Tribunal Federal entendió que impuestos de esta naturaleza (reales) podrían tener alícuotas progresivas en razón del valor del bien.16 Lo mismo ocurre con el impuesto sobre la transmisión causa mortis o donación (ITCD). En el caso específico de Río Grande del Sur, en este impuesto había alícuotas progresivas (del 1 al 8%) hasta 2010, pero como la ley gaucha fue modificada, se fijaron alícuotas únicas (del 3% en la donación y del 4% en la herencia).17 En virtud de resolución del Senado Federal,18 la alícuota máxima para este impuesto es de apenas un 8%, nivel irrisorio comparado con el de otros países, como, por ejemplo, los Estados Unidos de América, donde las alícuotas varían entre un 18 y un 40%.19 Las alícuotas del impuesto sobre la herencia son diminutas y las tendencias de concentración de patrimonio y de renta no sufren resistencia, agravando así el problema de la desigualdad social. En el caso del IPVA, no es otra la conclusión. De manera invariable, los estados exigen alícuotas fijas, independientemente del valor del bien; además, no inciden en bienes de notorio valor económico (helicópteros y aviones particulares, por ejemplo). Con la combinación de todos estos factores, no es difícil entender por qué la tributación sobre la propiedad (el capital en general) representa en Brasil una porción incipiente de la recaudación fiscal, colaborando decisivamente para que se tenga un modo de tributar enfocado en tasar a los más pobres y exonerar a quienes efectivamente detentan la riqueza nacional. Se justifica, así, la afirmación de que la tributación, en Brasil, implica una redistribución de las rentas pero en sentido inverso. En sentido diametralmente opuesto a la realidad brasileña y sin perjuicio de la tributación del patrimonio en un plano interno, Piketty defiende la institución de un impuesto mundial sobre el capital. Pese a reconocer el carácter utópico de esta idea, sustenta que se trata de una utopía útil, pues el objetivo de un impuesto de esta naturaleza, mucho más que financiar al Estado, permitiría regular el capital internacional y, con ello, establecería un mecanismo tendencialmente eficaz para evitar crisis financieras y bancarias. Para controlar las naturales dificultades de un impuesto sobre el patrimonio a nivel mundial, el autor plantea una transmisión automática de las informaciones bancarias relativas a los activos, incluyendo aquellos depositados en bancos extranjeros (paraísos fiscales, especialmente) (2014: 785-822). Lo cierto es que, en Brasil, una reforma tributaria progresiva que tenga como objeto la tributación universal sobre la renta y el patrimonio ni siquiera requeriría una enmienda constitucional: bastaría la promulgación de leyes complementarias u ordinarias. Pero ocurre que eso presupone una desinteresada y republicana voluntad política, para la cual no parece haber consenso, al menos en un horizonte próximo. 5.3 Tributación sobre el consumo y su inherente y costosa burocracia A partir del análisis precedente, se constata que, entre las bases económicas de la tributación brasileña, la renta y el patrimonio quedan en segundo plano. Por el contrario, se presenta una clara y manifiesta opción de minimizar la incidencia tributaria sobre tales manifestaciones de riqueza. En vista de eso, obviamente, fue necesario financiar el Estado brasileño mediante la recaudación maciza de tributos que inciden sobre la otra clásica base de recaudación fiscal: el consumo. Cabe recordar que, en la Unión Europea (UE) y en varios otros países, existe un único tributo sobre el consumo, conocido mundialmente con el nombre de ‘IVA’ (impuesto al valor agregado). Como en Brasil había necesidad de gravar fuertemente el consumo, se puede decir que hay como mínimo seis tributos de esta naturaleza (ICMS, IPI, PIS, Cofins, ISSQN, CPFS). Pero sucede que los tributos de esta clase conllevan una característica que les es inherente: la regresividad. Este efecto indeseable de la tributación indirecta se deriva del hecho de que quien tiene la carga efectiva es el consumidor final, y no hay distinción entre la capacidad económica de cada cual (excepto si hubiera una efectiva y profunda selectividad de alícuotas en razón de la esencialidad de las mercaderías y servicios y fuese preservado, en los términos antes recomendados, el mínimo existencial). Como señala la Cepal, la política fiscal en América Latina ha estado orientada no solo a registrar el consumo mediante la incidencia de tributos indirectos, sino también se ha dirigido a registrar «[…] básicamente las recetas de las personas jurídicas y, en mucho menor medida, las rentas obtenidas por personas físicas, lo que disminuyó su efecto redistributivo» (Cepal, 2014: 41).20 Por consiguiente, se ha aumentado el carácter regresivo del sistema (inductor de desigualdad). Por su lado, el estudio del BID (2012), aunque virando a cuestiones más económicas, defiende que haya una reforma fiscal que simplifique la recaudación, pues la mayoría de los sistemas de la región son excesivamente complejos, de manera que el resultado, en general, «[…] son impuestos que distorsionan profundamente la colocación de recursos y resultan en bases impositivas limitadas y frágiles». En cuanto a la cuestión de la complejidad apuntada, Brasil ocupa el incómodo puesto del país con uno de los mayores «costos de conformidad», esto es, el costo soportado por las empresas con el simple cálculo de los tributos debidos y con el suministro de informaciones al fisco. Es cierto que la complejidad es típica de la posmodernidad, período en que las relaciones sociales y económicas se vuelven globalizadas, sofisticadas e intrincadas. Por consiguiente, parece un tanto difícil imaginar un sistema tributario que sea esencialmente simple. No obstante, existe un considerable espacio para que el espíritu de la desburocratización sea fuertemente recuperado, específicamente en el sentido de unificar los tributos que inciden en el consumo y reducir la interminable gama de obligaciones accesorias, entendiendo como tales aquellos deberes de registrar padrones dados, prestar informaciones, presentar declaraciones, etc. Todos estos costos acaban por repercutir en el precio final de las mercaderías y, de una manera indistinta, colaboran para acentuar el carácter regresivo del sistema.21 Por ello, es imprescindible que se haga una reforma tributaria que pretenda reducir la cantidad y la complejidad de los tributos al consumo, pero cabe recordar que, para el efecto, hay necesidad de utilizar el instrumento de la enmienda constitucional, pues tal reforma implicaría la rediscusión del mismo pacto federativo. 6. Consideraciones finales Es innegable que la desigualdad es un problema histórico, así como uno de los dos principales desafíos a ser enfrentados por los Gobiernos latinoamericanos. Se reconoce que, en esa cuestión, las causas históricas que justifican los niveles de desigualdad en el resto de la región coinciden en gran medida con las causas de la desigualdad persistente en «Terrae Brasilis», para recordar una expresión constantemente usada por Lenio Streck. Es cierto que la cuestión fiscal corresponde apenas a una de las causas de la desigualdad; sin embargo, no se trata de una causa que pueda ser despreciada. Tanto en el nivel nacional como en el resto de la región, se puede afirmar que la tributación, además de no cumplir su papel de reductora de desigualdades, fue y continúa siendo una manera perversa y eficaz de llevar a cabo una especia de redistribución opuesta de renta. Ese proceso se ha dado a partir de una combinación de varios factores, entre los cuales destaca la opción por la tributación sobre el consumo, en detrimento de aquella que incide en la renta y la propiedad; esto da como resultado un modelo de tributación altamente regresivo e inductor de las desigualdades. Además de eso, la tributación de la renta no se observa eficazmente probada como regla de la progresividad, mecanismo muy caro, por ejemplo, para las social democracias que lograron la construcción de las sociedades menos desiguales del mundo. No obstante el reciente éxito de las políticas públicas dirigidas a combatir la pobreza extrema —inclusive con reflejos importantes en la reducción de las desigualdades—, hay que reconocer que el avance habría sido mayor si el modo de tributar también estuviera comprometido con la causa. O sea, se reconocen los avances de varios países de la región en el combate a la desigualdad mediante la adopción de políticas públicas que se enfocan en hacer que el gasto sea más redistributivo. Por ello, los efectos de tales políticas fueron minimizados, porque el modo de tributar permaneció intocablemente regresivo. Es inaceptable, pues, que esta generación conviva en uno de los espacios más desiguales del mundo y continúe creyendo que eso es simplemente una consecuencia lógica del mal provocado por las decisiones individuales de quienes no lograron éxito en ocupar la cima de la pirámide, o nunca traspusieron la puerta de la resguardada «sala VIP» de la alta sociedad. ¿Cómo quedarse inertes, si esta sociedad profundamente desigual da continuos y vigorosos pasos en el sentido de una desagregación extremadamente conflictiva y violenta? ¿Cómo continuar haciendo de cuenta que el destino del otro no importa y que los muros, concretos o ficticios, que separan a las autodenominadas «personas de bien» sean suficientes para que la ceguera de insensibilidad no venga a ser violada por la tragedia de la realidad? 7. Referencias bibliográficas Banco Interamericano de Desarrollo (BID) (2012). Recaudar no basta: los impuestos como instrumento de desarrollo, Corbacho, A., Fretes Cibils, V., Lora, E. 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